Thursday, May 17, 2007

El vuelo de Icaro

Cuando apareció Trainspotting, en la segunda mitrad de los noventa, tuve la ligera sospecha de que se convertiría en un sobrevalorado producto de nefastos efectos para el cine. Vaya, un fenómeno con las mismas proporciones que Perros de reserva (1992). Para bien o para mal ambas piezas devinieron obras icónicas, fetiches culturales de una nueva generación, obras llenas de limitaciones y lados flacos pero lo suficientemente atractivas e ingeniosas para instaurarse como un modelo a seguir, como fórmulas a tener en cuenta por otros tantos nuevos cineastas, garantizar con ello el mismo éxito en sus pastiches y de paso acceder a ese aire de “modernidad” muy “independiente” tan en boga y redituable en ese entonces. Y efectivamente, de pronto un puñado de realizadores se empezó a creer Tarantinos y Danny Boyles, y el hablar sobre el encanto que ejercían películas tan “rompedoras” como las copias y las originales se volvió ejercicio esnobista de todos los días.

¿Qué ha pasado desde entonces? Tarantino se creyó su propio chiste y no ha dejado de realizar ejercicios de autocomplaciencia; su cine se ha vuelto como la saga de Shreck, un chiste que resultó gracioso en su inicio pero que se fue degradando de película a película, en este caso producto de la megalomanía de su autor y su arrogancia travestida de lúdica cinefilia, surgida desde su ombligo y para gusto de aquellos que forman parte de su culto, que son muchos. Quentin, pues, prefirió ser Tarantino, el personaje que todos desean y celebran, antes que el cineasta.

Por su parte Danny Boyle, fue mucho más inteligente, acertado, humilde incluso. A sabiendas de que Trainspotting podría convertirse en su maldición, decidió alejarse del estilo y los tópicos que tanta popularidad le dieron, asumirse como un cineasta antes que un personaje mediático condenado a realizar otros tantos Trainspotting - para moderneces “neobarrocas” ahí esta la MTV-. Con una seguridad admirable, decidió pasar sobre las expectativas de sus seguidores y asumir el riesgo de cambiar para ofrecer cualquier cosa menos eso que todo mundo esperaba. Amplió sus registros y si bien, su trayectoria ha sido algo irregular y un poco más convencional que la película que le dio notoriedad, sus logros han sido por demás interesantes. En él no ha habido prejuicio: lo mismo ha podido encarar una comedia romántica (y a la vez muy irreverente) que una fallida aventura playera medio new age, o bien, ha podido pasar sin ningún problema de una historia de cierto aire infantil a la revisitación bastante afortunada del cine sobre zombies.

Esta suerte de experimentación con los géneros por parte de Boyle ha desembocado ahora en la ciencia ficción. Y demuestra nuevamente que lo suyo es un talento que va más allá de las modas. Si bien, ya en su película anterior caminaba por los terrenos de la distopía, su argumento, por razones evidentes, se inclinaba más hacía el terror vertiginoso y sin tregua. En Sunshine (Inglaterra/EU, 2007), en cambio, se aproxima hacia los temas de esa ciencia ficción que da cuenta de los viajes espaciales, motivados, en este caso, más por una urgencia de carácter apocalíptica que por un mero sentido de la aventura. El argumento es simple de resumir: en el 2057 el sol se está apagando y ocho astronautas viajan en el ICARO II con el objetivo de lanzar una enorme bomba que, suponen, reactivará esa enorme estrella crepuscular. Antes que ellos, otra tripulación a bordo del ICARO I lo intentaron, pero en el trayecto la nave desapareció misteriosamente.

Algunos han querido ver en Sunshine una serie de guiños y referencias a 2001: odisea espacial (Inglaterra, 1968) y a Solaris (URSS,1971) pero, personalmente, creo que sólo son intentos de forzar lecturas culteranas que la película no necesita. La propuesta de Boyle, creo, vale por lo que es y lo que tiene, que es bastante, y no por referentes que quizá sólo existen en la mirada pretenciosa de un que otro espectador. Siendo claros, Sunshine no tiene la ambición estética de Kubrick ni la profundidad filosófica de Tarkovsky, pero sí un buen desarrollo argumental, de inquietantes momentos sorpresivos e impredecibles, que apuesta por la contención, el ritmo lento, pausado, a veces contemplativo, y un tratamiento visual y técnico impecable, de gran belleza incluso en sus momentos más terribles y obscuros. De alguna forma Boyle, logra, en términos de recursos, lo que había hecho con Exterminio: no confiarse del buen presupuesto que ha gozado e invertir lo económico en una resolución moderada pero por demás rica y fascinante tanto en forma como en contenido.

Si bien Boyle no reinventa el género, sí se agradece que se esfuerce en darle a la obra un tono cercano a lo intimista, causa del ritmo narrativo predominante en el film. En ese sentido, a diferencia de otras cintas del género recientes, en Sunshine pesan tanto los conflictos internos e interpersonales de un grupo reducido de personajes, marcados fundamentalmente por la nostalgia, el miedo, la desconfianza que afloran en un viaje que se antoja eterno y sin posible retorno, como la preocupación misma del conjunto por llevar a buen término su misión: impedir que la luz se extinga.

El título original ya lo sugiere. En Sunshine la luz adquiere un valor más que anecdótico. La luz es en la película un elemento dramático fundamental, no sólo como el motivo concreto del viaje para evitar su extinción devastadora, sino, también, el elemento que obsede a unos personajes transfigurados en criaturas nocturnas contra su voluntad. En ese sentido, merece especial atención el personaje interpretado por Clift Curtis, el psicólogo de la tripulación, una suerte de vampiro anhelante de una luz que le había sido negada, que, cual adicto sufriendo el síndrome de abstinencia (solar), en pleno delirio no tardará en vislumbrar cierto aire epifánico y divino en esa luz solar que parece alejarse cada vez más. Es este personaje al borde de la psicosis el que prefigura el clímax, un tanto ilógico y arbitrario, es cierto, pero realmente extraordinario, una de las tantas cotas altas que alcanza este film. (José Abril)

2 comments:

Anonymous said...

Señor Abril,pasò po acà la pelìcula ALATRISTE, SECRETOS INTIMOS, y nunca vimos sus reseñas ¡que pasò?......

el ojo en la cerradura said...

Cuestión de tiempo y falta de organización, fueron los motivos, Ambas películas las vi: Alatriste no me gustó del todo, me pareció un poco dispersa y sin rumbo definido en la narración; el pesronaje central, Alatriste, no me movió ni me conmovio. En cambio Secretos intimos me gustó bastante, una muy buena película sobre los infiernos personales que que enturbian la falsa apariencia de la clase media gringa de suburvio. Saludos y gracias por asomarte por estos lados...