Friday, September 19, 2008

Flash back 11: Mujeres hiperviolentas


Karen Bach y Raffaela Anderson en Viólame



El pudor, gracias a dios, parece haberse perdido. Y si la porno y sus iconos antes eran asuntos muy privados, accesibles sólo mediante el botón del “play” de nuestro reproductor de video o dvd, de pronto se volvieron de uso tan común que uno se podía topar con ellos al primer cambio de canal de televisión o sobre la pantalla de cualquier sala de cine trasnacional instalada en algún lugar cerca de nuestras casas. Las personalidades que habían hecho fama y fortuna haciendo sexo “real” frente a cámara de repente se encontraron bien integrados a eso que tan efumistamente Cohen-Sèat llamaba la iconósfera moderna (ese imaginario creado por el cine, la televisión y la publicidad en armoniosa complicidad) y lo mismo podían oscilar entre las solicitaciones del cine más “exquisito” y exigente que entre los requerimientos como presencias estelares en productos televisivos de contundente banalidad.

Rocco Siffredi, por ejemplo, se volvió actor-fetiche para la realizadora francesa Catherine Breillart en un par de filosóficas películas recientes (Romance X, Anatomía del Infierno); Nacho Vidal, por su parte, se prestó a participar en videoclips de un Miguel Bose que ya daba patadas de ahogado; y el ya veterano Ron Jeremy se integró a un popular reality show del canal musical VH1 (La vida surrealista) con jocosa naturalidad.

Las mujeres no se quedaban atrás, también hicieron lo suyo. Traci Lords hace años que había dejado la felación a cuadro para procurar convertirse en una actriz de carácter (el único director que la tomó en serio fue John Waters), aunque nunca logró notoriedad más allá del cameo juguetón; Marilyn Chambers, por su parte, ya se le había adelantado, actuando para David Cronenberg en Rabia (Canadá, 1982), sin necesidad de abandonar la industria que la forjó. Y cuenta la leyenda que Coppola contrató a un trío de cotizadas actrices porno para realizar una de las caldosas escenas de su versión barroca -mamoncísima y horrenda, por cierto- de Drácula (EU, 1992).

Tal vez los casos más interesantes de personalidades porno que han hecho esta suerte de crossover en los últimos años sea el de Karen Bach y Raffaela Anderson, e interesante, digo, por la empresa que llevaron juntas. Ambas colaboraron como actrices en una de las películas más audaces hecha por mujeres de la que se tenga memoria, por lo menos para servidor, en una pieza de culto instantáneo que ha garantizado ya su trascendencia como actrices por partida triple: del porno, de la hiperviolencia fílmica y del feminismo políticamente incorrecto ejercido en la pantalla grande. La primera, Bach, se suicidó un par de años después de esta realización; la segunda, Anderson, sigue en activo en la pornografía. De esta forma, Viólame (Baise-moi, Francia, 2000), la película en cuestión, bajo la dirección compartida de Virginie Despentes y Coralie Trinh Thi, es el legado como actriz para una pero para ambas representó la nota más alta que habían logrado en su carrera.

Recuerdo que la película tuvo su semana de rigor en nuestras salas de cine, cosa curiosa si tenemos en cuenta el contenido incendiario de tal propuesta y lo ultracoservador de esta capital norteña (Hermosillo). Políticamente incorrecta, abiertamente provocadora, Viólame daba cuenta del viaje sin retorno que una pareja de mujeres (Bach y Anderson) realizan convocando el crimen y la violencia con júbilo reivindicador. Obra derivativa y revisión tardía y aumentada del road movie con asesino serial (en este caso, un par de asesinas), la película se desarrolla, sin pudor, entre el sexo y el asesinato explícitos y sin contemplaciones, entre el splatter y el film noir bajo los códigos del Dogma 95, entre el tono reflexivo e intimista (la solidaridad y el reconocimiento mutuo entre las dos mujeres) y el humor negro.

Viólame era toda ella exceso pero con seso, visceral en fondo y forma. Pornografía y cine hiperviolento pero hecho con inteligencia, broma retorcidamente feminista que ponía a prueba la tolerancia del espectador, patada (y con tacones) directa a la frente por cortesía de un par de mujeres en plan de mindfucking que se estrenaban como cineastas (Despentes es escritora de novela negra contemporánea y Trinh Thi ex-actriz porno). A pesar de contar con una progresión dramática un tanto torpe y cierta estructura narrativa un tanto reiterativa, Viólame, con toda su mala leche y autoconciencia cínica, movía y conmovía: de lo perturbador a lo emotivo hay un corto paso...

Hasta ahora esta pareja de realizadoras (¿improvisadas?) no han vuelto hacer nada en el terreno audiovisual, pero con Viólame uno juraba que Abel Ferrara o Tarantino ya tenían quien le pisara los talones.

(José Abril)

Monday, September 15, 2008

Otra convocatoria

Cine y televisión cultural de producción independiente
2008


El Gobierno del Estado de Sonora, a través del Instituto Sonorense de Cultura, y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, por medio de la Dirección General de Vinculación Cultural, con el propósito de apoyar la formación y profesionalización de los jóvenes productores/realizadores de cine y televisión cultural documental independiente y el claro compromiso de generar discusión, reflexión y participación en el ámbito de la producción audiovisual documental en nuestro estado y el país, convocan al


Primer Seminario de Documental


impartido por Juan Pablo Villaseñor, que se llevará a cabo del 6 al 10 de octubre de 2008, con una duración de 40 horas, a llevarse a cabo en Hermosillo, Sonora.


Cupo Máximo: 15 personas

Costo: Ninguno


REQUISITOS PARA PREINSCRIPCIÓN DE POSTULANTES:


Ser un productor-realizador sonorense o residente en el estado por más de dos años comprobables, mayor de 18 años.

Haber trabajado en la producción de televisión, video o cine.


Documentación:

Los requisitos que a continuación se enlistan deberán entregarse por triplicado y engargolados en el orden siguiente:

Currículo del productor-realizador.
Dirección, teléfono y correo electrónico.
Carta motivación del productor-realizador relativa al interés por el Seminario de Documental.
Si es estudiante, indicar escuela donde realiza sus estudios actualmente.
Acta de nacimiento o comprobante de residencia en Sonora, mayor a dos años.
Identificación oficial (credencial de elector o pasaporte vigente)
Comprobante de domicilio.


La documentación se recibirá hasta las 15 horas del martes 1 de octubre de 2008. Después de esa fecha no se recibirá documentación alguna. En caso de envío por correo o paquetería, la documentación no se recibirá después de la fecha y hora indicadas, independientemente de la fecha de envío.


Los documentos deben ser entregados en:

Oficina de enlace SIC Sonora. Casa de la Cultura de Sonora. Blvd. Vildósola s/n y Av. Cultura, colonia Villa de Seris, Hermosillo, Sonora, C.P. 83280


Más información en los teléfonos: (662) 250 41 47 y 2 50 41 30 ext. 214, en el correo electrónico: barralibretv@isc.gob.mx , en www.isc.gob.mx/convocatorias y http://sic.gob.mx


La recepción de documentación de los postulantes para preinscripción se hará de 10:00 a 15:00 horas de lunes a viernes exclusivamente.

El Comité encargado de la selección elegirá sólo a 8 de los postulantes que cumplan con los requisitos, el resto del cupo será para los ganadores de la I Convocatoria de apoyo a productores independientes para la realización de documentales.

Los resultados se darán a conocer a partir del viernes 3 de octubre de 2008, y se publicarán en el portal de Internet del ISC (www.isc.gob.mx) y a los seleccionados por correo electrónico.

Los ganadores deberán confirmar obligatoriamente su asistencia a las 40 horas del Seminario al ser notificados de su aceptación por parte de la organización; en caso contrario, se considerará cancelada su participación automáticamente y se seleccionará a otro participante.

Wednesday, August 20, 2008

"Hechos Reales"

Una de las peores cosas que me pueden hacer como espectador de cine es que, segundos después de iniciada la película, me restrieguen en los ojos el letrerillo: “basada en hechos reales”. Personalmente creo que eso resulta irrelevante, irrelevante respecto a la película como obra de ficción, como producto que emociona, y tal advertencia sólo hace que mi desconfianza surja o crezca aún más. Ni modo, me predispongo. La experiencia me ha dado la razón, y no son muchos -la verdad son muy pero muy pocos- los productos que se mantienen solitos con todo y sus cualidades técnicas, estéticas y de argumento, mas allá de la advertencia inicial.

Al respecto tengo dos hipótesis: 1. Que el realizador intenta persuadirnos de que, independientemente de que falle, su propuesta tiene un valor agregado al que hay que apelar al momento de elaborar juicios (“Así es la realidad, ni modo; yo sólo he sido un instrumento para evidenciarla blabla”). 2. Que si la propuesta falla en tanto que es muy tópica, un absoluto lugar común, el responsable pretende lavarse las manos trasladando la culpa hacia esa realidad que –por puro marketing- pareciera repetirse hasta el infinito.

En todo caso, prefiero que tal revelación se realice al final. O en el mejor de los casos que ni siquiera se dé. Y nuevamente mi experiencia lo ha demostrado: las mejores películas "basadas en hechos reales" (¿Qué película no está basada en la realidad?), las más subyugantes que he visto no han tenido necesidad de ser enfáticas en ese sentido.

(José Abril)

Saturday, August 02, 2008

Flash back 10: Perditas


Rossellini como Perdita Durango en Salvaje de Corazón


Rosie Perez como Perdita en Perdita Durango

Rasgo característico en la literatura de Barry Gifford es la descripción fría, la mayoría de las veces irónica, de situaciones marcadas por el exceso, por una violencia extrema y extraña que la ubica a medio camino entre el más puro horror y el humor más negro y retorcido. Su obra esta integrada por una galería de personajes-freaks, criaturas-limite que prodigan la muerte y se regodean en la negatividad de sus relaciones devastadoras. Gifford insiste en construir una bizarra caricatura del Mal, a partir de la insólita comunión entre lo ridículo y lo nefasto, proyectando en ella esa Norteamérica obscura y sórdida que subyace en el tan traído y llevado sueño americano.

Algunos de los personajes de Gifford y sus gags siniestros sirvieron a David Lynch, cineasta de similar visión, para construir su extraordinaria Salvaje de Corazón (Wild at heart, 1990), pieza clave en el cine de los noventa y violentísima historia de amor que corregía y aumentaba la novela La historia de Sailor y Lula. En ella una pareja de amantes compulsivos se enfrentaban a una fauna maléfica, típica del escritor, formada por sicarios, histéricas madres posesivas, psicópatas, alucinadas brujas malvadas que no ponían reparos en torturar a los protagonistas y eliminar sádicamente a quien osara intervenir a favor de ellos. El atractivo del film radicaba no sólo en el mundo y los personajes, en definitiva propios del escritor, sino también en el notable y siempre sorprendente ingenio del cineasta para establecer en términos visuales la fisonomía de ese mundo y esas criaturas, principalmente aquellas marcadas por el signo de la maldad.

Después de esta adaptación Gifford convirtió su novela en una saga, extrajo de ella algunos personajes y desarrolló sus historias en posteriores entregas; Perdita Durango fue el primer texto que se desprendió. Se trata de un personaje que tuvo una muy breve aparición tanto en la novela como en la película de Sailor y Lula; se trata, también, de una obra que explora la mentalidad criminal de una mujer letal, obsesionada por la muerte y el sufrimiento físico de aquellos que se convierten en sus víctimas. Se llegó a rumorar que Lynch trabajaría una adaptación cinematográfica. No obstante, el tiempo se encargó de demostrarnos que el cineasta quedó satisfecho con los breves minutos que le dedicó a este personaje en Salvaje de Corazón. En la película Perdita era una presencia casi efímera pero fuerte, contundente, que inquietaba con la belleza glacial de una Isabela Rossellini, etérea y vulgar a un tiempo, de acentuado mal gusto (el original plantea al personaje como una morena de cejas y cabello negros; Rossellini, en cambio, se nos ofrece como una Perdita de ceja muy poblada, cabello torpemente pintado de rubio y hablando un pésimo inglés).

Nueve años después de Salvaje de Corazón ese reptil con piel de mujer que era Perdita volvió a concretarse vía celuloide, ya no por la mano bendita de Lynch ni con el rostro ambiguo de la Rossellini. El libro fue adaptado por un español, Alex de la Iglesia, director que coincide también, a su manera, con la visión de Gifford: como él es un amante del exceso y lo bizarro, del humor grueso y visceral que saludablemente desconoce la prudencia y el “buen gusto”. La ventaja de De la Iglesia fue haberse arriesgado a un texto difícil por introspectivo (Gifford recrea las fantasías, los deseos más recónditos de su anti-heroína). La desventaja es que ya existía un antecedente, mínimo pero válido, y comparando la versión breve de Lynch y la sutileza de la Rossellini, la versión larga de De la Iglesia y el ruidoso histrionismo de Rosie Perez salen perdiendo. Perdita Durango (EU-España, 1999), la película, es una historia dispersa, inútilmente barroca; el personaje central ha sido desplazado en la película por un Javier Bardem en plan de un Boby Perú de pena ajena y en absoluto mistcast (con Lynch Boby Perú fue interpetrado por un Willem Dafoe extraordinariamente terrorífico). De la Iglesia pretendió filmar la película más políticamente incorrecta jamás filmada y el resultado fue el más incorrecto no político sino técnica, estética y argumentalmente hablando.

(José Abril)

Tuesday, July 22, 2008

Elogio de Béatrice Dalle


Dalle en Trouble everyday




Dalle en A l'interieur

1. Hace más de veinte años vi Betty Blue (Francia, 1986), una película de Jan-Jaques Beinex, realizador al que, por cierto, le perdí la pista. Desde entonces no he vuelto a retomarla y aunque a veces suelo ser bastante olvidadizo con las películas que poco me interesan, con ésta sucede lo contrario. Betty Blue no me entusiasmaba del todo; siempre me pareció una película típica de su tiempo, la segunda mitad de los ochenta, de cierto estilismo muy en deuda al videoclip y a los audiovisuales publicitarios, un tanto fría muy a pesar de la truculenta historia de amor que nos contaba. Una historia de amor que terminaba mal porque el “mal” en forma de locura rompía la armonía de una relación entre dos jóvenes que al principio se nos prometía idílica. Pero para suerte de Beinex, la locura en este caso llevaba el rostro de Béatrice Dalle, la debutante actriz que con una infinidad de recursos salvaba el film del absoluto tedio. Béatrice como Betty era una joven explosiva, bi-polar, suicida, agresiva consigo misma y con su eterno enamorado, una figura conmovedora e inquietante a un tiempo.

2. Betty Blue fue el primer trabajo de Béatrice Dalle y el personaje que la ha perseguido desde entonces. No es que se repita en cada actuación, pero su sola presencia en la pantalla provoca que uno espere a la menor provocación el estallido de locura. Su peculiar rostro contribuye en gran medida a esa sensación; no es una mujer particularmente bella (o lo que podríamos considerar como tal), pero, como sucede con la mayor parte de las buenas actrices de rasgos extraños, basta su presencia para robarse la película. Es una suerte de Betty Davis en versión bizarra que invariablemente en cada encuadre fuma sin importar que el guión lo justifique o no; es algo así como una Barbara Steel de grandes dientes separados aunque de rasgos más agresivos; incluso puede recordarnos en esos ojos grandes, de color raro y esa boca amplia a una Karen Black pero sin el bajo presupuesto.

3. La Dalle lo sabe. Se sabe portadora de un físico que no pasa desapercibido, de unos rasgos que se imponen y de una fuerza histriónica desarmante. Y siempre da miedo. Ya sea transfigurada en una ciega vulgar e insolente de ojos torcidos, sea como una esposa y madre irresponsable, o una auténtica zorra humillando a su marido. Y ahora sabe también que está lista para su close up sobre todo cuando su rostro está cubierto de sangre.

4. Sangre. La Dalle ha descubierto el make up que mejor le va; o mejor dicho, para el cual estaba destinada: la sangre. De loca enamorada arruinando su idilio a una auténtica splatter queen. Pero no nos confundamos, que lo suyo no es el victimismo tal y como lo ha dictado el cine de terror desde sus orígenes. Ella se ubica más en forma del otro lado, la del verdugo puro y duro. Desde que Claire Denis la escogió para esa obra maestra que es Trouble everyday (Francia, 2001), Béatrice Dalle parece haberse poseído de ese apetito insaciable por la sangre, de ese ímpetu diseccionador, de una furia destazadora que incluso le permite improvisar homenajes a Pollock con viscosos colores púrpura.

5. A l’interieur (Francia, 2007) de Alexander Bustillo y Julien Maury es su apoteosis. Pocas películas recientes han tenido tal grado de crueldad física y ninguna, que yo recuerde, ha colocado a la figura femenina como su fuente generadora de forma tan implacable como en ésta (salvo La audición de Takeshi Miike, pero creo que ha quedado superada). Aquí el asunto es especialmente perturbador: la maternidad es una caja de Pandora y la víspera del parto la antesala del infierno. Sin entrar en detalles, aquí la Dalle, mujer misteriosa de aparición inexplicable, es la película. No escatima ni en herramientas, ni en utensilios, ni en víctimas. Y fuma a la menor provocación, y ríe con su enorme boca y sus dientes separados, y sus ojos brillan siniestramente ante el fuego de su encendedor. Sus registros abarcan de la hiperviolencia psicopática a los desplantes infantiloides, Y escuchar su llanto en la obscuridad pone los pelos de punta. El final, por demás inquietante, nos lo confirma: Béatrice Dalle fue hecha para quitarnos el sueño y coronar nuestras pesadillas.

(José Abril)

Wednesday, July 09, 2008

Flash back 9



El neorrealismo pop de Almodóvar

Antes de volverse técnica y políticamente correcto, Pedro Almodóvar cosechó una trayectoria que lo colocó como el enfant terrible del cine español contemporáneo. Una trayectoria imperfecta, de cierta torpeza técnica y narrativa, pero de un aliento refrescantemente revulsivo, iconoclasta e irreverente. Para bien o para mal, el cineasta aprendió a filmar, maduró y su historia más o menos reciente –de Mujeres al borde de un ataque de nervios (España, 1989) a la fecha- es más que conocida.

Aquella filmografía que germinó a inicios de los ochenta, en la euforia de la llamada movida madrileña, había permanecido inédita y por lo tanto prácticamente desconocida en estos nuestros territorios; muchos sabíamos de oídas sobre ese pasado políticamente incorrecto del realizador. Estamos hablando de su etapa más deliberadamente camp y cínicamente kitsch, la de películas como Pepi, Luci y Bom y otras chicas del montón (España, 1980), Laberinto de pasiones (España, 1982), Entre tinieblas (España, 1983) o Matador (España, 1985), películas todas ellas, donde el amor era coronado por el exceso, se "empolvaba" la nariz a la menor provocación para disfrutarse mejor y las pasiones se desenfrenaban a galope de un buen "caballo" y no precisamente el de las cuatro patas. Almodóvar era un cineasta autodidacta, forjándose sobre la marcha, improvisándose y reinventándose en cada ocurrencia puesta aprueba sobre el set de filmación secundado por una fauna de lo más ecléctica que hacía cohabitar en una misma escena a actrices de carácter con punks despistados, travestidos flamboyantes con familiares solidarios. Sus rodajes eran en si mismos filmaciones-happenings, experiencias irrepetibles con resultados de dudosa calidad técnica pero de una audacia y originalidad que pocos lograban.

De aquella época, de aquel refrescante y políticamente incorrecto amauterismo, hoy queremos rescordar ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (España, 1984), por mucho la primera obra maestra -en el muy particular viejo estilo- del realizador.
Melodrama tributario al neorrealismo de Lichino Visconti y Vittorio De Sica y a la aspereza del Luis Buñuel de Los olvidados (México, 1950), ¿Qué he hecho yo para merecer esto? representó una de las miradas más obscuras y deprimentes de Almodóvar a un Madrid miserable cargando aún con la cruda socio-económica del franquismo, un Madrid almodovoriano que se desentiendía del aire cosmopolita del que hablaban las películas precedentes (Pepi, Luci y Bom..., Laberinto de Pasiones). Un Madrid de tercer mundo que servía, a su vez, como telón de fondo para la puesta en escena de la miseria ecnómica, moral y afectiva de una familia de tantas.

La película era, pues, una suerte de versión Almodóvar y puesta al día de aquel neorrealismo glorioso, duro pero entrañable, que en Italia habían puesto en marcha De Sica o Visconti; una suerte de neorrealismo pop de colores ocres y tono a veces delirante, de situaciones tan terribles como absurdas, de humor tan amargo como desternillante. El director nos ofrecía un trip urbano y doméstico de la mano de Gloria (Carmen Maura extraordinaria), una especie de Anna Magnani con faldas y a lo loco pero sin conciencia social, una ama de casa desencantada, adicta a los farmacéuticos, una esposa sexualmente insatisfecha que no dudaba en asesinar a su marido pelmazo con una pierna de jamón que horneará minutos después para, como en el estupendo cuento de Roald Dahl, ocultar su crimen, una madre terrible capaz de vender a sus hijos con tal de comprar un estuche de peluquería.

A la película podrá cuestionársele algunas subtramas que poco encajan en el conjunto, algunos personajes que nada aportan al desarrollo y algunas situaciones que no pasan de ser ocurrencias, pero la propuesta temática nada complaciente y las actuaciones de Carmén Maura y Verónica Forque hacen de este viaje algo irresistible.

(José Abril)

Wednesday, July 02, 2008

Convocatoria

Con el fin de fortalecer la producción de películas de calidad en el estado de Sonora,

CISON, Cineastas Independientes de Sonora, A.C.
y el Instituto Mexicano de Cinematografía


Convocan al

1ER. TALLER DE PRODUCCIÓN DE LARGOMETRAJE DE FICCIÓN

Que premiará a los 3 proyectos que resulten seleccionados con una asesoría para el mejoramiento de la producción y un apoyo en efectivo para los productores ganadores, bajo las siguientes:

BASES

1. Podrán participar los miembros de CISON, Cineastas Independientes de Sonora, A.C.

2. El taller es únicamente para proyectos de largometraje de ficción.

3. El taller es para productores nacidos en el estado de Sonora o residentes con más de 3 años en el estado.

4. El taller está dirigido únicamente a productores, mismos que podrán ser acompañados por el director del proyecto en calidad de oyentes.


REQUISITOS
El productor deberá entregar por triplicado, en carpetas engargoladas tamaño carta, la siguiente documentación en el orden que se indica:

1.Acta de nacimiento o comprobante de residencia en el estado de Sonora mayor a 3 años.
2.Identificación oficial.
3.Copia del Registro Federal de Contribuyentes.
4.Datos personales que incluyan nombre completo, dirección, teléfono y correo electrónico (indispensable).
5.En caso de que el productor sea extranjero es necesario que su estancia en el país sea por más a tres años y presentar una copia del documento que acredite su estancia legal en el país.
6.Sinopsis corta del guión (5 líneas máximo).
7.Sinopsis larga (3 cuartillas máximo).
8.Presupuesto preliminar resumido en una cuartilla, que deberá presentar el detalle de los principales rubros.
9.Esquema financiero desglosado.
10.Ficha técnica de la película.
11.Carta de intención del director (1 cuartilla).
12.Copia del registro del guión ante el INDAUTOR o comprobante de encontrarse en trámite.
13.Currículo del productor resumido en 1 una cuartilla.


La documentación deberá entregarse en la siguiente dirección: Bulevar Agustín de Vildósola sin número esquina con avenida Cultura, colonia Villa de Seris, C.P. 83280 Hermosillo, Sonora, México. Casa de la Cultura de Sonora, planta baja, con atención a: Mónica Luna Sayós, Coordinación de Barra Libre Televisión Cultural y Enlace Red Nacional de Información Cultural del Instituto Sonorense de Cultura. El horario de recepción será de 10:00 a 15:00 horas. El periodo de recepción será desde la publicación de la presente convocatoria y hasta el viernes 11 de julio a las 15:00 horas.

No se aceptarán proyectos que lleguen después de la fecha y hora de cierre, aún cuando el matasellos del envío tenga una fecha anterior a la citada.

Los proyectos que presenten documentación incompleta quedarán descartados.

El Jurado será integrado por personas de reconocida trayectoria en el ámbito cinematográfico, quienes decidirán cuáles serán los tres proyectos participantes en el taller. Su decisión será inapelable.

Se escogerán 3 (tres) proyectos para el taller. Cada productor tendrá un apoyo de $24,000.00 aportados por el Instituto Mexicano de Cinematografía, divididos en dos entregas.

1ra. Al celebrar el convenio con el IMCINE.
2da. A la entrega del informe respectivo del tutor nombrado por el IMCINE para el desarrollo de cada uno de los proyectos en el que se especifique que el sujeto de apoyo cumplió con los compromisos establecidos.

El periodo de realización del taller será en el mes de septiembre del presente año. La fecha y el lugar de realización del mismo se informará a los seleccionados a través de correo electrónico.

La entrega de resultados de esta convocatoria se dará a conocer el viernes 18 de julio de 2008 por correo electrónico.

Al recibir el premio, el ganador deberá firmar un convenio en el que aceptará los puntos establecidos por los convocantes.

Los Convocantes resolverán cualquier cuestión no contemplada en la convocatoria.

Mayor información:
Correo electrónico: cison.contacto@gmail.com
Teléfonos: (662) 250 41 30 y 47 extensión 214
www.isc.gob.mx
http://sic.conaculta.gob.mx

Hermosillo, Sonora, México, julio de 2008.

Sunday, June 29, 2008

Nueva Ola



Que la Cineteca Nacional programará un extenso ciclo de cine dedicado a la Nueva Ola Francesa, durante el mes de julio. Esperemos y me toque algo, ahora que ande por aquellos lados. Más información con Carlos Bonfil aqui.

Sunday, June 22, 2008

Vacaciones...

Este espacio se encuentra en pausa. Cosas de vagancia hedonista. Hoy L.A. California, la semana que entra D.F. No posteo porque me cuesta trabajo escribir sin mi sucio y chamagozo teclado. Saludos, y nos escribiremos pronto.

(Jose Abril)

Wednesday, June 11, 2008

Flash back 8



Kubrick y el film noir

La muerte de Stanley Kubrick (1928 – 1999) cerró una década, la de los noventa, de una forma gris y lamentable. Su descenso significó la pérdida de uno de los pocos grandes cineastas que quedaban en activo y el fin de una de las trayectorias más influyentes del cine contemporáneo. El realizador, que venía trabajando desde la década de los cincuenta, nunca dejó de sorprender, desconcertar y convencer. Cada una de sus películas fue, ni duda cabe, una obra maestra que manifestaba una gran perfección e inventiva técnica y visual impecables, de enorme fuerza, obras todas ellas que han resistido el paso del tiempo.

Pero hay algo que nunca dejó de sorprender en Kubrick: su inagotable actitud de riesgo al asumir, siempre, proyectos de indudable naturaleza genérica. Su versatilidad y amplia visión le permitieron abordar lo mismo la ciencia ficción (2001: odisea espacial, La naranja mecánica) que el cine bélico (La patrulla infernal, Cara de guerra), subvertir lo mismo los tópicos del cine épico (Spartacus, Barry Lyndon) que enfrentarse con la peligrosa tarea de adaptar prestigiosas novelas (Lolita de Navokob), acercarse a géneros como la comedia (Dr. Insólito) o el melodrama (Ojos bien cerrados) o inspirarse en la literatura best seller para concebir una extraordinaria obra del cine de terror (El resplandor de Stephen King). Difícil de encasillar, su cine fue una aproximación desprejuiciada, cerebral, acertada a los esquemas de los muy infravalorados géneros cinematográficos aportando su visión personal, su toque exento de concesiones.

El de Kubrick es un cine, de los pocos, que ha trascendido su tiempo. Cada nueva generación se lo apropia integrándolo a su imaginario. Sus aproximaciones a la ciencia ficción por ejemplo, principalmente La naranja mecánica, hasta hoy no han abandonado su estatus de piezas de culto, y el rostro de un Jack Nicholson de siniestra sonrisa en El resplandor ha pasado a convertirse en una de las imágenes fundamentales de la iconografía del cine de terror.

Otra cinta clave vuelta referente y colocada en la órbita del cine de las ultimas dos décadas ha sido Casta de malditos (The killing, EU, 1956), quizá la película menos conocida del autor por pertenecer a su primera etapa, la de los cincuenta, y también, quizá, su primera obra importante. Esto fue posible, en gran medida, gracias a Quentin Tarantino, realizador especializado en vampirizar a sus antecesores, beber de sus logros, actualizarlos y hacerlos pasar como parte de una relativa originalidad propia. Siendo claros: Perros de reserva (EU, 1991) es una hija bastarda de Casta de malditos, y el montaje de las secuencias más notables de Tiempos violentos (EU, 1995) y Jackie Brwon (EU, 1997) ha sido tomado de esa misma fuente. (Sidney Lummet ha hecho lo suyo en la extraordinaria Antes que el diablo sepa que has muerto -EU, 2008)

Pero volvamos a Kubrick. Basada en una novela policíaca de Lionel White, Casta de malditos representa el acercamiento del realizador al film noir, un acercamiento que ya había experimentado de forma desafortunada en sus primeras películas. La historia gira en torno a un conjunto de personajes masculinos, desempleados con pocas expectativas que han decidido robar un hipódromo. Sus planes parecen perfectos, o al menos cada uno de los integrantes del equipo así lo supone. Sin embargo, es en el momento justo del atraco –y justo cuando creían haber triunfado – cuando llega la fatalidad, el desmoronamiento: alguien los ha traicionado, conduciéndolos al fracaso y a un callejón sin salida. Finalmente nadie gana.

Tal anécdota adquiere dimensiones insospechadas. La película se aprecia ante todo como un estudio de personajes, un retrato frío de seres seguros en sí mismo que poco a poco se van debilitando, mostrando su aspecto más frágil y vulnerable, en una historia sobre la frustración y la impotencia. Una historia que pareciera por momentos y en su segunda mitad una tragedia clásica en clave de relato policiaco donde los personajes llevados por sus impulsos son conducidos a una estrepitosa caída.

La mirada de Kubrick es fría y distante. Observa a estas criaturas dirigirse a su fatal destino, sin comentario o involucramiento alguno. Este aspecto es uno de los más interesantes, pues la progresión del relato está marcada por el creciente caos del grupo a la que contribuyen la confusión y la desesperación de cada uno de los ladrones que se conducen a sí mismos hacia la traición.

La película esta construida de una forma deliberadamente esquemática, como una bitácora, con todo y lo impersonal que ello implica. Los acontecimientos se exponen como si fueran producto de un registro detallado y muy concreto. Cada secuencia es señalada con fecha y hora. De esta forma, el robo es expuesto a través de múltiples puntos de vista, el de cada uno de los involucrados, rompiéndose con ello la linealidad de la narración. La escena central de la película será mostrada una y otra vez durante buena parte del metraje, pero desde perspectivas diferentes.

Con todo ello Kubrick logró uno de los clásicos fundamentales del cine negro y una película adelantada a su tiempo. Una obra extraordinaria como todas las de su autoría, a recuperar.

(José Abril)

Tuesday, June 03, 2008

Romero, Plaza y Balagueró: nuevas coincidencias (terroríficas)



Ya lo hemos externado: nada tenemos contra la piratería. Por el contrario. Es gracias a ella que la raquítica oferta cinematográfica, en lugares como el nuestro, se amplía conduciéndonos por caminos insospechados llenos de hallazgos formidables. Nuevamente, la piratería ha sido la bendita responsable de aproximarnos a dos peculiares obras que, sospechamos, si bien les va, tardarán un buen en pisar pantalla grande sonorense. Y como no nos gusta comer ansias… Se trata de dos films de terror de dos miradas generacionalmente distantes pero temática y estilísticamente muy próximas, dos apuestas por aquella técnica deliberadamente “imperfecta” del setentero cinéma vérité –maravillosamente explotada en Cloverfield (Matt Reeves, 2008) - ahora al servicio del cine de terror, sea como punto de reflexión de un estado de cosas mediático, sea como simple aunque contundente golpe de efecto. El veterano George A. Romero y el tándem catalán Paco Plaza y Jaume Balagueró, conducen tales empresas. Como sigue.

El medio es el mensaje: En El diario de los muertos (Diary of the dead, EU, 2007) un grupo de estudiantes se dispone a filmar una película de terror, pero los planes cambian abruptamente al darse cuenta, ellos, que el terror realmente estalla a su alrededor al propagarse una extraña infección que hace despertar a los muertos hambrientos de carne humana. La cámara destinada en un principio a registrar la ficción, se mantiene encendida para registrar/documentar, ahora, el mundo que se deshace en una auténtica carnicería. Se trata, pues, del regreso de George A, Romero al cine que el mismo sembró, en el que mejor se desenvuelve y el que, como lo quieren ciertos teóricos, lo define como autor: los zombies, y en el que, efectivamente, hay sangre, sudor y vísceras. Aunque aquí el asunto cobra otra dimensión. Nuevamente Romero adopta al género como un punto de ubicación desde donde mirar la realidad, su realidad, pues no olvidemos que, pese a lo improbable de sus argumentos, Romero ha sido en cada una de sus entregas “zombiescas” un testigo de su tiempo, un agudo observador de su sociedad. De aquí que el asunto del terror, en Romero, se convierta también en una forma de filtrar sus agudos comentarios políticos y sociales (las tensiones raciales y de clase de la primera –inaugural- entrega, el consumismo desenfrenado en la segunda, la militarización deshumanizante en la tercera, y la depredadora política a lo Bush en la cuarta). En este caso, la película funciona como una parábola de una sociedad en la que la imagen electrónica lo rige todo, porque la imagen mediática, predominantemente violenta y manipulada, se ha insertado en la vida cotidiana como una verdad absoluta, como único, grotesco, paisaje posible. Pese a la variedad de recursos utilizados por Romero, que van desde imágenes pixeleadas, en formato Yuotube, barridos frenéticos, subjetividad transferible según quien porte la cámara omniabarcadora, la narración adquiere una densidad poco frecuente en su cine. Vaya, la película es lenta, pausada, y tal efecto se debe en gran medida a que estamos ante un Romero mucho más contemplativo en relación a los acontecimientos y reflexivo con respecto a su propio medio, incluso puede considerarse como su trabajo intelectualmente más ambicioso (podría decirse pretencioso, pero sería un tanto injusto), en el que se resiente a veces cierta obviedad ideológica y una densidad discursiva poco favorables. Pero pensar que por eso el resultado está marcado por el aburrimiento y la carencia de interés sería un error. Romero aún tiene cuerda para despertar muertos cuando se le antoje.

El miedo es el mensaje: En REC (España, 2007) una reportera televisiva y su camarógrafo se disponen a realizar un reportaje sobre una noche cualquiera a lado de un grupo de bomberos, pero el llamado de auxilio desde un barrio barcelonés obligará a la pareja, a los bomberos e inquilinos a vivir una terrorífica noche encerrados entre los pasillos de un edificio departamental y a convertir el reportaje en un improvisado y caótico registro documental de un infierno imprevisto. El más reciente trabajo, el primero colaborativo, de Paco Plaza y Jaume Balagueró sirve a manera de demostración para sí mismos que en lo básico se puede encontrar el camino que hasta ese momento ambos no habían encontrado: entre la pretensión esteticista del primero (la relativamente interesante Romasanta) y la ñoñez pre-El orfanato del segundo (la mamoncísima Fragile), la concepción del terror se perdía en guiones sobretrabajados y filmados como si de la obra maestra se tratara. Sí, lo básico, lo simple, lo mínimo, lo austero. Ese es el secreto de la fuerza de REC. No hay pretensión intelectual, ni reflexión en torno al medio y a la técnica, sólo se apuesta por la técnica para darle una fuerte verosimilitud y eficacia a unos acontecimientos demasiado artificiosos. Y lo logran. Que la técnica de cámara subjetiva –en este caso de video- en mano y aparentemente desorientada guiada sólo por el instinto de sobrevivencia, ya empieza a oler a formulita es cierto, pero de que Plaza y Balagueró logran un efecto que nunca pudieron conseguir Myrick y Sanchez en la sobrevalorada La bruja de Blair (EU, 1999), también. Cierto cinismo por parte de los realizadores, sabiendo que se trabaja con casi puros tópicos formales y anecdóticos, permiten ver a REC como un explosivo cóctel: ahí esta Cloverfield, pero en micro y sin bestia monumental, con muy pocos personajes, aderezada con la rabia letal de 28 días después (Danny Boyle, 2002) y los muertos que se levantan para comer vivos de George A. Romero. Y todo cabe en un espacio reducido, en un ambiente claustrofóbico, a través de un trepidante desarrollo que contribuye a una tensión sin tregua. Por ello, tal vez a Plaza y Balagueró se les pueda acusar de poco originales, pero de que nos regalan los minutos concluyentes más terroríficos que ha dado el cine de terror en lo que va del año, de eso creo yo, no hay duda.

(José Abril)

Tuesday, May 27, 2008

Flash back 7



El semestre agoniza y servidor tiene que ponerse a tono con la carga de trabajo que eso implica. Como poco tiempo tengo para escribir, trataré, en estos días, de alimentar este espacio con textos que ya había escrito anteriormente, sobre películas nada recientes pero sí favoritas y especiales. De cualquier forma el material que nuestras carteleras nos ofrecen no da para mucho, pues como sabemos la peor temporada cinematográfica ya comenzó, ya está aquí, y sólo el DVD, pirata o no, los clásicos o no tanto, podrán salvarnos. Como sigue.

Amor y niñas terribles

La de los noventa representó una década de proliferación e internacionalización del cine neozelandés, que se descubrió como un semillero de realizadores talentosos y originales, poco ortodoxos e infatigables iconoclastas. Algunos encontraron la explicación a esta suerte de boom en la prácticamente ahora olvidada Jane Campion y su película El piano (Nueva Zelanda, 1993), que con su sorprendente éxito (bendecida por la crítica especializada a nivel mundial, galardonada en casi todos los festivales y coronada por múltiples Oscar) atrajo la atención de las distribuidoras y productoras más fuertes e influyentes hacia ese país.

Pero sería un tanto injusto atribuirle este despunte sólo a la Campion y no considerar la fuerte tradición cinematográfica que se venía desarrollando en Nueva Zelanda desde los últimos 80s, una tradición prácticamente desconocida. Pocos sabían entonces, por ejemplo, que buena parte de los cultivadores del horror cinematográfico de esos años y que propuestas estéticas tan interesantes y arriesgadas como las de Roger Donaldson, Geoff Murphy o Gart Maxwell, provenían de esas tierras. Dichas propuestas tuvieron puntos de convergencia con las de otros estetas del miedo mucho más conocidas en aquel momento como David Cronenberg o Sam Raimi.
A este grupo pertenece el ya –a estas alturas- célebre Peter Jackson (1961), cineasta de dispareja aunque singular trayectoria marcada por los giros radicales y extremos que representa cada una de sus obras. Así, ha brincado de la abierta y apabullante brutalidad (suyos son el clásico gore Picadillo, disparatado monumento al mal gusto, y la no menos escatológica y visceral Dead or alive) al horror prudente y domesticado (suya es la rutinaria Muertos de miedo, fallida aunque entretenida comedia de horror), arribando sorpresivamente a la desconcertante y perversa poesía mórbida que es Criaturas celestiales (Nueva Zelanda, 1994), ambigua celebración al precoz amour fou lésbico, antes de su abierta entrada a la franquicia de El señor de los anillos.

Criaturas celestiales trata sobre un oscuro suceso ocurrido en un pueblo de Nueva Zelanda en la década de los cincuenta. Dos niñas – adolescentes para ser más exactos- asesinaron de manera fría y violenta a la madre de una de ellas. Tal matricidio fue conducido por la obsesiva idea que ambas tenían respecto a la víctima, considerada como el obstáculo más fuerte para su amistad y su temprana relación lésbica. El crimen fue descubierto y las jóvenes, por su edad, fueron condenadas no a la cárcel pero sí a vivir separadas de por vida, bajo severa vigilancia. La hija de la madre asesinada llevó el registro de esa hermética relación en un diario, y éste es el que sirvió de base a Jackson para construir su argumento.

La historia esta estructurada con base en el desarrollo y la transformación sufrida por la amistad entre Pauline (Melanie Lynskey) y Juliette (Kate Winslet), marcada y enriquecida básicamente por un mundo de fantasía construido por ellas y su enorme capacidad imaginativa, capacidad, por cierto que se desborda conduciendo a las protagonistas a los trágicos acontecimientos. La gran inventiva del realizador logra mezclar fantasía y realidad y por momentos la historia pareciera ser un cuento fantástico, lleno de ensueño y magia pero de un horro subyacente, una suerte de cuento disneyano con ponzoña. Esto queda claro desde la secuencia inicial, en la cual un fragmento de documental turístico sobre Nueva Zelanda se ve abruptamente interrumpido por violentos e inquietantes intercortes que exponen la corretiza de las dos niñas momentos después del asesinato. Lo que al principio se plantea como una relación solidaria, amistosa, de fascinación mutua, poco a poco se va descubriendo como una relación obsesiva y enfermiza, de enorme co-dependencia.

La visión de Jackson es relativamente objetiva respecto a las protagonistas, y la estridencia que había caracterizado sus películas anteriores se ve desplazada aquí por un refinamiento y elegancia inusuales y un sentido del humor bastante oscuro aunque no vsceral como en sus películas anteriores. Hay momentos de irreverencia cinematográfica (la figura de Orson Welles vista por las niñas como un ente monstruoso y amenazante). Otros de una enorme carga crítica (Diello, el muñeco de barro construido por los personajes apareciendo imaginariamente como castigador del conservadurismo psiquiátrico en torno a la homosexualidad). Pero sobre todo momentos de verdadera poesía, obscura a rabiar, que alcanza su mejor forma en la secuencia del clímax, la perpetración del asesinato.

Con Criaturas celestiales Peter Jakson alcanzaba, tal vez, su nivel más alto como realizador, antes de adentrarse en terrenos menos personales con su archi-conocida saga, aunque también fue uno de los trabajos más intensos por parte de la pareja de las jóvenes actrices, una desconocida Melanie Lynskey, y una archifamosa Kate Winslet, perseguida aún por la sombra del Titanic (James Cameron, EU, 1997). De hecho, triste realidad, gracias a esa fama es que nosotros pudimos ver esta obra maestra que nos llegó, obviamente, a destiempo.

(José Abril)

Wednesday, May 14, 2008

50 años de Vértigo



Si bien Alfred Hitchcock no fue el inventor del suspenso, sí fue en gran medida uno de los primeros en tomar conciencia sobre las grandes posibilidades de este género como estrategia narrativa en el terreno cinematográfico. No en vano se le recuerda como el “maestro del thriller”, el género de la inquietante espera que pareciera volverse eterna, motivada por el enigma que nosotros, morbosos al fin, exigimos sea aclarado. Por ello también, durante buen tiempo, este realizador despertó la desconfianza de aquellos puristas del arte que, negados como siempre a valorar todo aquello que huela a masivo, lo veían simplemente como un hábil artesano.

Sin embargo, el tiempo y una amplia obra demostraron que el hombre de prominente barriga y humor macabro no sólo cosechaba éxitos de taquilla siendo fiel a una fórmula que él mismo había impuesto. Hitchcock poco a poco fue descubriéndose como un explorador de la naturaleza humana, un gran artista que apelaba a ciertas convenciones del género no como receta probada, sino como reglas a romper y trascender en cada nueva odisea creativa.

Una de las obras clave que posibilitaron ese tardío descubrimiento fue Vértigo (EU, 1958), conocida también con el título de De entre los muertos, y que cuenta con las actuaciones de James Stewart (actor fetiche del director) y la actriz Kim Novak en un doble papel. La cinta cumple, en este 2008 que transcurre, ni más ni menos que cincuenta años y no obstante el paso del tiempo la película se mantiene tan vigente como cuando el realizador la concibió.

Vista dentro del conjunto de la numerosa producción hitchcockiana, Vértigo / De entre los muertos se aprecia como la película más reflexiva, intimista y poética del autor; el director manifiesta aquí, quizá por primera vez, un particular interés por sus personajes y sus afecciones, y no tanto por el entramado exterior del mundo en el que se encuentran. Es, pues –y no está de más decirlo- la película más lenta narrativamente hablando, y la más rica y compleja en relación a la psicología de los personajes. La acción en el sentido físico ha pasado a un segundo plano de importancia, los sentimientos la han desplazado.

Vértigo/De entre los muertos es la historia no de un suicidio extraño y torturante, como podría sugerirlo una primera lectura, sino de una obsesión mórbida y romántica a la vez; es la historia de una fascinación progresivamente enfermiza de un hombre (Stewart) hacia una enigmática mujer a la que la muerte parece definirla, guiarla, poseerla, la muerte que parece imponerse como la única lógica posible en la ambigua relación que ambos establecen.

La película es también la más refinada visualmente hablando de su autor. La puesta en escena se define por un barroquismo decadente, registrado por una pavorosa fotografía a color que viene a acentuar y capturar el aura espectral de la frágil Madeleine (una etérea Novak rubia), mujer de incontrolables impulsos suicidas, y Judy (una melancólica Novak morena), su supuesta encarnación; barroquismo en el que contribuye un uso simbólico del color, que va pasando de la predominancia del verde en la primera parte a la invasión progresiva de tonos grises y negros que anuncian la cercanía de la tragedia en la segunda parte. Y el trágico final es precisamente uno de los momentos más inquietantes y bellos de la película. Nunca como en esta obra Hitchcock se había mostrado más ambiguo respecto a la redención que escoge para sus héroes: es, en este caso, sacrificando al ser amado, conduciéndolo hacia su muerte real, lo que posibilita la consumación del amor.

Son varios los autores de hoy que de esta obra se han alimentado. Los más sobresalientes: Brian de Palma hizo un plagio-homenaje con Doble de cuerpo (EU, 1984); por su parte David Lynch, con mayor originalidad y sutileza, rinde su pleitesía en algunos capítulos de la serie de TV Twin Peaks (1990), y más recientemente en Lost Highway (EU, 1998).

Celebremos, pues, este cumpleaños…

(José Abril)

Wednesday, May 07, 2008

Flash back 6



Recuperando Hellraiser

Hace apenas unos días me enteré de que se está trabajando la idea de hacer un remake de Hellraiser, la película que en 1987 realizara el escritor especialista en relatos de terror grueso Clive Barker. El asunto me tomó por sorpresa, y no porque me extrañe la idea de rehacer una película; todos sabemos, o por lo menos los que no hemos perdido de vista al género, de que el terror cinematográfico de los últimos años se ha mantenido, con poca fortuna la mayoría de las veces, escarbando en el pasado. Lo de la sorpresa viene a cuento porque de la película en cuestión, en su momento una favorita personal, prácticamente ni me acordaba…hasta que me topé con esta noticia reciente.

Desde El señor de las ilusiones (EU, 1995), le perdí la pista a Barker. Ya no supe qué fue de él ni como cineasta ni como escritor, y siempre –recuerdo- lo consideré más interesante como lo segundo que como lo primero. Hellraiser fue, pues, su primer y último logro cinematográfico y la única joyita de una zaga (completada por otras tres entregas) más bien mediocre. Ni Nightbreed (EU, 1990) ni la arriba mencionada El señor de las ilusiones me hicieron cambiar de opinión. Fuera de éstas no le conocí otro trabajo, salvo las aproximaciones que otros realizadores han hecho a su literatura como la muy acertada Candyman (EU, 1992), a cargo de Bernard Rose.

Hellraiser tenía todos los ingredientes para convertirse en eso que ahora llaman película de culto. Su argumento era original, muy diferente al de las películas de terror de entonces infestada de adolescentes sacrificables, y pese a una serie de monigotes más bien irrisorios (Pinhead no tanto, el resto de los cenobitas sí) rebozaba de ideas bastante atractivas tanto en forma como en sustancia: la pulsión erótica retorcida que subyace en las acciones de los personajes y que les permite mantener un vínculo muy a pesar de las condiciones bastante desagradables y abyectas en las que se encuentran, una figura femenina sometida por voluntad propia por un repelente hombre que para concluir su regeneración física tiene que consumir carne y sangre humana, una atmósfera densa, viscosa, sexualizada, que se mantiene de principio a fin producto de la sangre, los nervios y las vísceras, verdaderos protagonistas del film, que se acumulan en un ático improvisado en matadero, y sobre todo una concepción del infierno bastante ambigua, como una suerte de universo paralelo edificado para el sufrimiento físico eterno como si de un paraíso sadomaso se tratara. Barker, escritor y pintor, esteta a fin de cuentas, dotó a su película de una extraña belleza no obstante lo grotesco y sórdido de todo el asunto.

Ahora el remake. Según leí, posiblemente sea Darren Lynn Bousman quien encabece la empresa, y seguramente los seguidores de la franquicia de Saw sepan de quién estoy hablando. Siendo concesivos, tal vez la selección no sea tan equivocada, pues si comparamos, podemos ver que toda la imaginería sadomaso que hacía tan peculiar a Hellraiser se encuentra en los instrumentos de tortura de diseño perfecto que hicieron tan popular a Saw. El infierno para lastimar la carne custodiado por los Cenobitas se había trasladado a los siniestros pasillos de la guarida de Jigsaw…

En fin, veamos qué pasa. Por lo pronto, me propongo recuperar Hellraiser que no se por qué extraña razón nunca la he procurado para la videoteca privada…

(José Abril)

Tuesday, April 29, 2008

Negocios de familia



Nuevamente dos obras con enormes coincidencias. Ambas, firmadas por dos realizadores ya veteranos, uno más que el otro. Ambos planteando de diferentes formas prácticamente los mismos temas, conflictos, personajes. Ambos demostrando la fragilidad de eso que llamamos lazos familiares cuando la sombra de la codicia, la ambición, la consecuente culpa aparecen como una fuerza letal. Como sigue:

Los inquebrantables (Casandra’s dream, EU-Inglaterra, 2007). Salvo ese tropezón que representa Scoop (EU-Inglaterra, 2006), comedia desangelada e intrascendente en la línea de las comedias que había dejado antes de su partida de NY, uno puede pensar que a Allen, el húmedo y frío clima de Inglaterra le ha sentado bastante bien, que le ha permitido recuperar la fuerza de aquellas grandes obras del Allen “serio”, agudo observador de las tragedias y dilemas que tanto atormentaban a sus criaturas en películas como Interiores, Septiembre o Crímenes y pecados. Y creo que, muy a pesar de ciertos defectos, tanto Match point o ésta, su complemento, son dos muestras claras de ese estado de gracia del que parecía haberse alejado durante tanto tiempo. Digo complemento, porque ambas bien pueden funcionar a manera de díptico. Allen regresa, pues, al mismo planteamiento de su predecesora pero no como un intento para repetir posibles logros o caminar, sin riesgo, sobre un terreno ya caminado, sino para desarrollarlo y, sobre todo, concluirlo bajo un signo diferente aunque no contrario, bajo una mirada mucho más fría y distanciada pero no exenta del pesimismo que aquella, Match Point, por cierto cinismo evadía. Porque si en aquella era el azar (en alusión al partido de tenis) la que coronaba irónicamente al anti-héroe, aquí será la tragedia que define a la figura mitológica que se alude en el título la marca funesta en la vida de los personajes. Ahora el drama recae en la figura de dos tristes hermanos (Ewan McGregor, Colin Farrell) que por ambición se ven envueltos en un asesinato, y en ese drama la culpa, ahora ausente y presente en uno y en otro, será el punto de choque y de tensión en unas relaciones afectivas cada vez más degradadas, y el inicio de una estrepitosa y progresiva caída. Material suficiente: Allen nos vuelve a sorprender como un maestro en la dirección de melodramas -más que de thrillers-, contenidos a pesar de las dimensiones trágicas del argumento, tensos a pesar de –o quizá por – lo elíptico de la mayor parte de su desarrollo (esa dilatada secuencia previa al asesinato) y conmovedor pese al distanciamiento del propio autor respecto al tratamiento de sus personajes y acciones (ese Colin Farrel creible en la fragilidad psicológica y emocional que lo consume). Un Allen, pues, en plena forma.

Antes que el diablo sepa que has muerto (EU, 2007). Título irónico para una película tan cruel, no recuerdo haber visto. El regreso de Sidney Lumet, un veterano de larga trayectoria, más que la del propio Allen, sorprende en principio por los muchos puntos de contacto que tiene con la del neoyorkino-londinense; reducir a una mínima expresión el argumento de esta película sería como repetir la misma línea argumental de Los inquebrantables. Pero sorprende no solo por sus coincidencias sino por la manera con la que Lumet conduce la empresa, como si de corregir y aumentar la película de Allen se tratara. Mejor dicho: como si de retorcer aún más su planteamiento se pudiera. Y Lumet nos lo dice: se puede. Se puede en tanto que la tragedia ahora se expande hacia la familia toda; en tanto que la ambición parece corromper y dinamitar cualquier endeble vínculo afectivo entre los integrantes de este clan. Se puede en tanto que se resuelve como una suerte de veneno que se transfiere en cadena: el hermano que sacrifica al hermano que sacrifica –por error-a la madre…y así hasta cerrar el círculo. Se puede en tanto que la linealidad se rompe para volver una y otra vez a la secuencia clave, para reunir como rompecabezas todas y cada una de las partes, partes que son a su vez puntos de vista complementarios y cuadros psicológicos de cada personaje. Se puede en tanto que el clímax es catarsis y exorcismo visceral y desconcertante ajuste de cuentas . Se puede en tanto que la premisa, pues, ofrece material para una obra que no se avergüenza ni de su trepidante estructura de thriller negro ya probada por otros maestros ni de su esencia de estridente melodrama familiar envenenado. Antes de que el diablo sepa que has muerto es en definitiva la instantánea fotográfica de una familia hecha trizas frente a nuestro ojos por obra y gracia de Sydney Lumet, este sí en total forma.

(José Abril)

Wednesday, April 23, 2008

Flash back 5



De cuando Woody se creía Ingmar


Ustedes no están para saberlo pero mi desesperación ha llegado al grado de querer contarlo: la institución para la que trabajo lleva casi un mes de huelga y la huelga no es por parte del sindicato al que pertenezco. Hace unas horas me acabo de enterar que el asunto va para largo. No lo dudo: nuestro gobernador es un imbécil reaccionario, nuestro rector otro imbécil con eterna y repelente goma de mascar en la boca que no sabe escuchar y sólo sabe responder incoherencias, y por prudencia y ética mejor no digo nada de la lidereza sindical que está en medio de todo este embrollo. La verdad: estoy harto.

Que el refugio podría ser el cine: ¡Ja! Con la anémica cartelera que tenemos aquí no creo que haya mucha salvación. Ya vi y re-vi lo que tenía que ver: la de PT Anderson que no me convenció del todo, la de los Coen que me ha gustado las tres veces que la he visto, la de Juno que a pesar de lo artificioso de su acabado no me desagrado del todo (ya se que se ha vuelto deporte internacional despotricar contra ella pero Juno es de los personajes adolescentes más sólidos que me he encontrado en el cine en los último años. De seguro, algunos de aquellos que la criticaron son los mismos que celebraron la antropología sermonera, hipermoralista pero cool de Larry Clark en Kids), XXY que fue mucho más de lo que yo esperaba (siempre hay que buscar las cosas grandes donde uno menos se las espera –y no es albur-), los dos refritos de horror oriental, Imágenes del más allá y Una llamada perdida, que son literalmente un horror, Casi divas que es una mierda como mierda es La misma luna…En fin.

Pero como el tiempo en estos tiempos de huelga sobra y el dinero no, no hay como rastrear en la videoteca personal para (re)encontrar, recuperar y por lo mismo reafirmar –puñeteramente, ni modo- la grandeza de una que otra película que uno resguarda, aunque la grandeza sólo sea una percepción muy subjetiva.

Anoche volví a ver Interiores (EU, 1978), una de las mejores películas, para servidor, de Woody Allen dentro de su muy basta e irregular filmografía. Obra maestra indiscutible, sorpresivamente minimalista como nunca lo había sido el autor en su etapa inicial.

Para confirmar su admiración por Ingmar Bergman y de paso demostrar que la comedia no era su único territorio, Allen ofreció en el 78 este intenso y contenido melodrama, que poco o mejor dicho nada tenía que ver con sus creaciones anteriores. Geraldine Page, admirable como siempre, da vida a una madre terrible y manipuladora, a la misma altura que la Ingrid Bergman de Sonata de otoño, vampira afectiva que se alimenta y fortalece de la miseria existencial de aquellos que forman parte de su núcleo y a los que el fracaso parece marcarlos. El cineasta, por su parte, desarrolla un obscuro y ominoso retrato de familia que poco a poco se desmorona y se descubre como un infierno doméstico de implacables silencios. Sabiendo los alcances estéticos de la austeridad, Allen registra de una manera fascinante, casi expresionista (la fotografía, extraordinaria) este recorrido por el crepúsculo familiar y nos demuestra de paso que aun en el estado agónico de este clan hay belleza y poesía.

(José Abril)

Wednesday, April 16, 2008

El petróleo de Day-Lewis


Hay algo en Petróleo sangriento (EU, 2007), el aclamado y más reciente film de Paul Thomas Anderson que no me convence del todo. Sensación rara en servidor si se toma en cuenta que Anderson es de mis favoritos, y favoritos digo -no obstante el tropezón que significó Embriagado de amor (EU, 2002)- por esas dos obras maestras contemporáneas de la narración coral que son Boogie nights (EU, 1997) y Magnolia (EU, 1999), por la capacidad que había demostrado en retratar la miseria existencial a voces varias, por esa suspicacia de provocar la irrupción del absurdo y el delirio más desconcertante en historias marcadas invariablemente por el signo del dolor y la amargura en personajes tremendamente patéticos pero entrañables sin que el flujo de sus relatos sufriera resquebrajo alguno, y por ser en definitiva –ni modo, el lugar común es inevitable-uno de los pocos herederos dignos de Robert Altman, un clásico y un grande a pesar de sus altibajos en su extensa trayectoria.

Tal vez sea ese cambio de registro. Petróleo sangriento no es ya una película sobre vidas que se entrecruzan, algunas tal vez sin conocerse aunque compartiendo infiernos personales similares, sino el retrato de un sólo personaje definido, conducido y consumido por una ambición que crece pese a todo y a todos en lugares de un remoto, históricamente hablando, Estados Unidos. Ni representa, por lo mismo, la magistral destreza en el manejo de la simultaneidad en su estructura, sino la plana descripción de una trayectoria que se pretende ascendente en lo económico aunque éticamente en picada; que avanza mediante un desarrollo pausado, innecesariamente reiterativo, excesivamente descriptivo en ocasiones cuando la naturaleza del personaje ha quedado por demás clara durante sus primeros cuarenta minutos. Descripción a la que se integra una banda sonora, contenida, minimalista (cortesía ya saben de quien) que se percibe más como un ornamento musical distanciado, de escaso vínculo dramático con lo que las –eso sí-impecables imágenes muestran.

Tal vez sea la idea de cliché que rodea a la película. Petróleo sangriento se establece como obra y persigue su trascendencia a partir de un fantasma recurrente en el cine, que facilita su acceso al gusto de quienes suelen ver en él el gran tema, el gran personaje y el gran drama: el pobre hombre rico, el triunfador que lo tiene todo y a la vez nada, el capitalista por antonomasia que con su voracidad va cosechando su poderío y su poderío a su vez lo va aislando del mundo, lo va inhumanizando e inmunizando ante cualquier experiencia afectiva. El nombre es lo de menos porque personajes así ya hemos visto en pantalla tantos quizá como nazis diabólicos torturando judíos. Llámese este Charles Foster Kane, el paradigma, Tony Montana, la versión trash, o el Sr. Burns, la versión paródico-televisiva, y coloqué entre ellos todos aquellos que recuerde.

O quizá sea el actor protagónico. Petróleo sangriento es la odisea de un actor que se asume como grande, que irrita por su arrogancia, y que pretende no dejar dudas sobre sus cualidades histriónicas en cada frase, gesto, movimiento, no sólo en los encuadres de ésta sino de todas las películas que se han prestado para su lucimiento. Daniel Day- Lewis irrita y no por el personaje que interpreta, que tiene suficientes características para ser irritante, sino por su manera de trabajar su actuación. Actuación enfática, impostada, artificiosa, metódica hasta lo repugnante. Daniel Day-Lewis no es un camaleón sino un viejo actor de escuela que se disfraza siguiendo al pie de la letra sus aprendizajes y nos pretende recordar que estamos en su película por que la película es él. Day-Lewis es de esos actores que con sus paroxismos busca el reconocimiento (que finalmente lo obtuvo, claro está), que provoca sacrificar a otros actores como Paul Dano, mucho más natural y más convincente en el papel de un personaje clave e interesantísimo, desperdiciado a lo largo del metraje.

Insisto: a Petróleo sangriento algo le falta. Bueno, si pensamos que uno de los detalles es la presencia de Daniel Day Lewis, quizá falla entonces, para mí gusto, porque algo le sobra.

(José Abril).

Tuesday, April 08, 2008

Flash Back 4



Brook, Herzog y la locura

Hace unos días participé en una entrevista sobre el tema del arte y la locura, para ser más precisos sobre la locura y sus delirios y las maneras como estos se relacionan en el proceso creativo. Personalmente suelo ser un poco escéptico respecto a este tipo de discusiones, y de entrada dejé claro que no soy artista y que mi punto de vista sólo sería el de cualquier persona que gusta del arte, como público o espectador, y que específicamente mi opinión sería sólo en relación al arte que más me mueve, el que más disfruto y con el que me siento más cercano: el cine. De cualquier manera, no había forma de desarrollar reflexiones extensas y profundas porque la participación sería para una cápsula televisiva de escasos 3 minutos, y mi voz y opinión sólo sería una de otras cuatro que formarían el mosaico de apreciaciones.

Siempre he creído que pensar que en el artista hay algo de locura que lo conduce a generar obras sorprendentes, desconcertantes, y que gracias a ella su experiencia se vuelve irrepetible es una falacia, un cliché, una sobadísima idea romántica cosechada durante largo tiempo y del que se han servido buena cantidad de artistas para justificar lo indefendible. Aunque muchas veces el resultado parece indicarnos lo contrario, el acto creativo es un proceso por demás racional, y aun en el automatismo por el que abogaban los surrealistas, en la performance infinita en la que convirtió su vida Salvador Dalí, en las inquietudes provocadoras de Antonin Artaud y hasta en los delirios pan-sexuales de Alejandro Jodorowsky había plena consciencia de lo que se hacía y decía, toda una elaboración intelectual de sustento.

No digo que la sensación de locura no este presente en ciertas obras. La hay. Y esto se debe pues porque para el artista el arte es un vehículo para aproximarse, aproximarnos, a ella de antemano entendiendo lo que es, lo que significa y las posibilidades expresivas, muchas veces a nivel simbólico, que ella le proporciona. En el cine hay casos varios, y si de aproximaciones a la locura se trata son incontable esos casos que apelan a la descripción casi clínica del asunto, varias veces a través de melodramas edificantes tipo Atrapado sin salida (Forman, 1975), que se ha vuelto paradigmático.

Cuando hablo de locura en el cine, y no desde su abordaje clínico sino de sus formas puramente expresivas, de sus posibilidades puramente estéticas, la locura como discurso, pues, en caso de que ello se pueda, siempre pienso automáticamente en dos obras que aprehenden la locura de una manera excepcional: Marat-Sade (Inglaterra, 1967), del veterano excineasta y director escénico Peter Brook, y Los enanos también crecieron desde pequeños (Alemania, 1970), del quizá único sobreviviente interesante de aquel Nuevo Cine Aleman Werner Herzog (si Fassbinder sobreviviera otra cosa sería). Ambas son grandes, atípicas, hasta hoy insuperables. Y ambas se aprecian literalmente como un extraordinario, delirante ejercicio de locura absoluta.

La primera es la adaptación cinematográfica de la obra de teatro de Peter Weiss, en la que se recrea sin escatimar exceso alguno, la representación teatral que hizo el Marqués de Sade en el interior del manicomio en el que estuvo encerrado, sobre el asesinato del ideólogo y político francés Jean Paul Marat. Tanto en la película como en la obra la locura está al servicio de la creación porque es la locura la que proporciona el grado de irreverencia y provocación deseado por el Marqués, y los locos y sus a veces desarticuladas vociferaciones y grotescas caracterizaciones las que ofrecen ese retrato distorsionado cercano a la pesadilla, al horror más puro, de la realidad del momento.

Horror y pesadilla que se nos muestra más en bruto en la segunda. Si uno pensaba que no se podía llegar más allá de la propuesta de Brook, Herzog, quien más adelante se acostumbrará a trabajar con locos (¿acaso Klaus Kinski no lo era?) y que la locura será un tema muy caro a su obra, decide realizar un experimento donde el orden no tiene cabida, y el caos es la única ley que rige el universo y la única (no) lógica de todo lo que acontece, en la (no) historia de un grupo de enanos que pierden el control de sí mismos y expanden con su locura la desolación absoluta, la destrucción de esa institución en la que se encuentran. Pocas obras son tan exasperantes como ésta, y aguantar el metraje es todo un reto. La película está conformada por una serie de secuencias que harían palidecer al autor de horror más extremo aunque no haya sangre humana que se derrame, ni seres sobrenaturales que digan “bu”. Sólo basta recordar aquella larguísima secuencia en la que unos gallos se pelean hasta matarse, mientras la banda mezcla casi de forma arbitraria una serie de melodías y carcajadas agudas e irritantes de los enanos que los contemplan para que los vellos se ericen.

Ni Brook ni Herzog estaban locos ni creo que se asuman como tal. Son dos genios que nos han acercado estos sí de forma contundente a eso que otros blandamente pretenden sublimar.

(José Abril)

Thursday, April 03, 2008

La negra flor




La dalia negra (EU, 2007), el penúltimo largometraje – apenas estrenado aquí, en estos lados- del siempre -a pesar de todo y duélale a quien le duela- notable Brian de Palma, aborda un caso de nota roja largamente acariciado como proyecto por Hollywood y algunas veces discretamente aludido (Mulholland falls, Tamahori / L.A. Cofidential, Hanson, ambas de 1997): el atroz e irresuelto asesinato de Elizabeth Short, una pin-up girl de la década de los 40s apodada como el título mismo. Si bien dista de ser una obra maestra plenamente lograda, la película contiene una serie de aspectos que la redimen por mucho de esa ignominia a la que varios críticos han querido destinarla. Una obra tan imperfecta como fascinante, llena de trampas argumentales, diálogos a veces desternillantes, caprichosos cambios de tono y caídas de ritmo pero articulada también a través de una serie de aciertos que contribuyen a su brillo pese a todo.

Se trata, pues, de un barroco y rocambolesco thriller, como ya lo era Femme fatale (De Palma, 2005), de suprema estilización y de plena autoconciencia cínica que se solaza en lo tópico y codificado de su esencia (entre muchas otras cosas, es un mediocre detective el hilo conductor y el que da cuenta, voz en off claro está, del proceso de la invetigación del crimen), en lo recargado de su atmósfera de sulfuroso film noir envenenado casi autoparódico (arrebatos pasionales sobre el comedor o bajo la lluvia a lo El cartero llama dos veces, policías indignados ante el visionado de pornografía lésbica, delirante cena familiar con madre que estalla en histeria con harto sabor lynchiano) y en la absoluta ausencia de ingenuidad de un puñado de personajes-tipo maliciosos a rabiar, todos ellos de dudosa integridad y hasta sexualidad ambigua (la fuerte amistad entre los dos detectives desestabilizada por la infaltable rubia, y la infaltable, también, femme fatale sospechosa del crimen, ahora morena y medio lésbica, encarnada por una sorprendente Hilary Swank casi casi robándose la película).

Un thriller a lo Twin Peaks, donde la víctima y el misterio que la rodea es más un pretexto que el tema en sí. Un pretexto con el que poner en relieve la pudrición de un estado de cosas: el trasfondo oscuro de un Hollywood tan siniestro como las películas de la Universal, un sistema policial corrupto y coludido con el crimen porque el crimen, aunque el cine diga lo contrario, siempre paga, familias pudientes que forjan su poderío mediante estafas, engaños y doble moral.

Un thriller resuelto ingeniosamente mediante un entramado metatextual, bajo la lógica de un abismal juego del cine dentro del cine. Si el caso de Elizabeth Short ha adquirido una dimensión casi mitológica en la realidad, De palma parece querer respetar esa dimensión aun dentro de su ficción: La Dalia negra es pues una película donde las películas son epifanías y fascinación necrófila, descubrimiento y turbación. Es un film silente el que permite el hallazgo un tanto descabellado, como filmes son también nuestros únicos puntos de contacto, más cercano a lo morboso, con la presencia de esa bella víctima que tristemente ha trascendido en el tiempo.

(José Abril)

Monday, March 31, 2008

Flash back 3


Revisitando clásicos de David Cronenberg en lo que nos llega su más reciente película. Como sigue:

El pornógrafo de lo insólito

Mitad en broma, mitad en serio, Martin Scorsese llegó a nombrar a David Cronenberg como el “maestro del horror venéreo”, por esa naturalidad con la que este canadiense “con aspecto de ginecólogo que guarda terribles secretos” hacía conectar el sexo con el horror más apabullante en cada una de sus películas. El célebre realizador se refería obviamente al primer Cronenberg, el de aquellas películas que lo emparentaban con el más chatarrero cine de horror serie B y a su etapa más shocking. No sabemos si tal nominación llegó a molestar al realizador, lo cierto es que en el sarcasmo de Scorsese había mucho de irrefutable verdad, porque el sexo en Cronenberg, por lo menos el de aquellas obras que va desde Parásitos asesinos (Canadá, 1975) a El almuerzo desnudo (EU, 1991), se encontraba más de lado de lo bizarro, de lo inquietante. Incorrecto, audaz a rabiar, sus fantasías en torno al cuerpo y al sexo iniciaban, pues, con la búsqueda de la utopía sexual, el placer pleno, para arribar siempre en el rotundo caos. Cronenberg era entonces un auténtico terrorista –y aún lo sigue siendo, como Lynch, otro bendito David-, un cabrón que disfrutaba soñar frente a nosotros sus pesadillas bajo la envoltura de un sueño húmedo para recordarnos que esta piel que habitamos, evidente fuente de placer, termina siendo siempre el acceso más rápido a una violenta e irreversible caída.

Pero más allá de su particular, orgánico, sentido del horror, lo que hacía de Cronenberg un cineasta excepcional en el cine de horror más guarro era esa mirada que lo aproximaba a lo pornográfico. Efectivamente, Cronenberg era entonces un maestro del horror venéreo, pero también era un pornógrafo de lo insólito, siendo precisos, un pornógrafo de lo aberrante que gustaba en escudriñar con su cámara en los cuerpos que, intervenidos, se transformaban tan caprichosa como terriblemente, para develar fascinado – como todo buen pornógrafo- aquellos extraños y grotescos órganos que la metamorfosis había convertido en nuevas, a veces letales, zonas erógenas.

Durante esa primera etapa, Cronenberg nos ofreció, pues, su propia concepción de la pornografía, retorciendo sus tópicos más caros, pervirtiendo sus elementos centrales, deformando provocadoramente sus imágenes de carne y deseo. Si el pornógrafo convencional hace del cine una cruda exhibición genital, Cronenberg sexualizaba lo grotesco, elevaba a categoría de fetiche aquello que corrompe orgánicamente el cuerpo. Si en la pornografía –desde la más básica a la más ambiciosa- los organos sexuales se imponen como protagonistas gracias a una cámara que los vuelve omnipresentes, en el universo de Cronenberg, la cámara enfatizaba lo aberrante que había desplazado a lo genital en su doble función: la del placer y la reproducción. La monstruosidad latente en lo orgánico se hacía visible entonces para alterar una normalidad de escaparate, para proporcionar placer en quien la ostentaba y procrear y extender la destrucción a su alrededor. No es casualidad, pues, que en Parásitos asesinos una larva cual pene reptante se introduzca entre las piernas de una bellísima Barbara Steel (musa siniestra de las películas de horror de Mario Bava) para contagiarla a ella y a toda una comunidad que procura cierta utopía erótica, de un apetito sexual destructivo, como tampoco lo es el hecho de que en Rabia (Canadá, 1977) Marilyn Chambers (célebre actriz porno) sea quien oculte en su axila un extraño orificio en forma de vagina y que al abrirse se descubra un diminuto órgano fálico; aquí Chambers no abre las piernas sino los brazos, y el abrazo ansioso, lascivo, es el principio del placer para ella pero el inicio del caos en una ciudad que se consume por la rabia que del extraño órgano se ha propagado. Una forma vaginal también es la de otro orificio, en este caso en el abdomen de James Wood en la extraordinaria Videodrome (EU, 1982) y es ésta su “vagina”, usada por él (en un auténtico fist fucking onanista) y por otros como depósito de extraños mensajes, uno de los tantos enigmas que impregnan una historia de harto sabor kafkiano y estética sadomaso.

En la actualidad, Cronenberg parece querer alejarse de este horror de trasmisión sexual que le dio fama y estatus, pero no de esa mirada pornográfica proclive a cargar sexualmente lo extraño. Este pornógrafo de lo insólito encontró su apoteosis en Crash (Canadá, 1996), obra maestra del erotismo límite, abierta fetichización del metal, sublimación absoluta del cuerpo en comunión sexual con lo no orgánico, ciencia ficción pura y lúbrica desde el más inmediato presente (“Hay que explorar el espacio interior, no el exterior, pues el único planeta verdaderamente extraño es la tierra” comentaba J.G. Ballard, autor de la novela que sirvió como base al film), indagación sobre el ser humano como un mundo complejo y aún desconocido en si mismo.

Crash fue una película de choque. De choques también. De carros, accidentes y sexo. Y hubo quienes encontraron en estos tópicos mensajes varios: metáfora sobre la deshumanización en nuestras sociedades industriales, ironía perfecta sobre el desarrollo industrial en detrimento de las relaciones humanas, o simple y sencillamente una deliciosa broma negra y salvaje en torno al onanismo fantoche que permea la fascinación del individuo respecto a la seductora imagen del automóvil en tanto símbolo de status y poder. Pero, como su cine nos lo ha enseñado, Cronenberg no gusta de dar sermones. Digamos que el realizador mucho más cínico creó con la película un juego perverso con el que logra ubicar al espectador en un terreno que trastoca sus expectativas en torno a los límites sexuales y del comportamiento humano.

Crash es pues sexo, sudor, sangre, metal, y no como principio del caos –tal y como sucedía en sus primeras películas- sino como un fin absoluto. La mirada enfática, pornográfica, del realizador sobre el detalle obsceno ahora se amplía hacia el cuerpo íntegro, el cuerpo no como víctima circunstancial de la enfermedad que lo corrompe sino a la búsqueda, por voluntad de su poseedor, de nuevas formas de satisfacerse y transformarse, como si estuviera atento a la consigna del James Wood que concluía Videodrome (“¡Larga vida a una Nueva Carne!”). El Cuerpo solicitando la cercanía con el metal como incentivo erótico, el cuerpo deseando cuerpos que aún sufren-gozan las heridas de algún accidente automovilístico, el cuerpo como el centro de fantasías sexuales que convocan para su materialización la reproducción fiel de las tragedias automovilísticas de celebridades como James Dean y Jane Mansfield, cuerpo y metal fundidos y confundidos como un ideal de los objetos del deseo, agresivos impactos entre carros como motivadoras visiones pornográficas.

Los personajes de Crash son como una cofradía de libertinos sadeanos entrebuscándose ansiosamente en un yunque. Hedonistas que viven única y exclusivamente por y para su propia concepción del placer sexual, estilo de vida que coquetea con la muerte o el dolor administrada por el filo del fierro dañado, porque gracias a las heridas en la piel la persona puede entrar en anhelada comunión con el metal, con el acero, para acceder a un nuevo nivel. El cuerpo ya no es el origen del infierno sino el inicio de una sensualidad que se busca en terrenos inexplorados. Hagámonos pues una puñeta en honor a Robocop que, siguiendo la lógica de estos erotómanos de vanguardia, es el símbolo sexual de una nueva era.
(José Abril)